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Adrián tiene 6 años. El brillo de sus ojos refleja que no ha conocido el miedo. Su sonrisa me habla de estos días en que vivimos en paz, su ternura me cura viejas heridas. Su alegría llena mi casa cuando vuelve del colegio. Esta tarde, cuando llegó, me abrazó y me dijo:
- ¡Hola, abuelito! ¿sabes? En el cole la maestra nos ha explicado que hoy celebramos la “noche de los paraguas”.
- ¡Claro! No lo sabías? ¿Papá no te lo ha contado aún? ¡Si es que siempre ha sido un despistado! ¡Es una fiesta muy importante! Hace años sucedió algo muy triste, pero lo que la gente recuerda es que, un día como hoy, empezamos a ser libres.
- ¿Y que pasó, abuelo? ¿Porqué es hoy la noche de los paraguas?
- Mira, Adrián. Te voy a contar una historia. Hace años, antes de que tu nacieras, vivíamos atemorizados por los hombres grises. Eran pocos, no tenían sentimientos, y hacían daño a las personas con las excusas más absurdas, con ideas que no merecían ni una sola gota de sangre. Teníamos miedo a salir a la calle. Había días tristes en que los hombres grises rompían nuestros sueños, cambiaban nuestras vidas sin pedir permiso. Ningún lugar era seguro para huir de ellos. Te podían hacer daño cuando dormías, cuando jugabas a las canicas con tus amigos, cuando ibas al trabajo, a la compra, al colegio...
- ¿Y les dejabais? ¿Porqué no os enfadabais con ellos?
- ¡Claro que nos enfadábamos! Pero a ellos les daba igual. Se escondían, hasta que volvían a salir a hacernos daño, y no les podíamos tocar. Ellos también tenían amigos, grises como ellos, que les ayudaban a esconderse y hacer sus maldades. Había personas que sabían quienes eran los hombres grises y donde vivían, pero a veces por temor, y otras veces por tener ideas equivocadas de lo que es la libertad, o por indecisión, no hacían nada. Y así, los hombres grises intentaban meternos el miedo cada vez más adentro. Y a menudo lo conseguían.
- Sí, pero... ¿que tienen que ver los paraguas con todo esto?
- Una mañana, los hombres grises provocaron una gran tormenta sobre la ciudad. Hasta diez rayos cayeron entre la gente, y fue horrible. Muchas familias perdieron a sus papás , y sus mamás , sus hermanos, sus amigos... fueron muchos los que no volvieron, y
muchos más los que quedaron heridos por culpa de los hombres grises. Aquello era peor que ninguna de las maldades a las que nos tenían acostumbrados. Y, al igual que otras veces, salimos de nuestras casas. Hay quien se preguntaba que para qué servia eso, decían que no íbamos a conseguir nada. Pero salimos a la calle. Y allí, a las siete en punto de la tarde, en esa plaza donde te gusta jugar con las palomas, estábamos todos. Y en todas las calles de alrededor. Y no sólo en nuestra plaza. Muchas plazas se llenaron de gente: Zocodover y Plaza de Cataluña, el Obradoiro, el Temple y la plaza del Pilar, La ronda de Capuchinos y la Plaza del Sagrado Corazón, Cibeles... y muchas más aquí, y otras en otros países. Éramos millones de personas, Adrián, muchos millones. Cada uno de nosotros tenía sus creencias, cada uno recordaba a su manera a los que más sufrían. Unos gritaban y daban palmas, otros iban en silencio. Muchos llorábamos de impotencia. Y en medio de aquel dolor, todos sabíamos que no podíamos dejar que los hombres grises se salieran con la suya. Aquella noche llovió en todo el país, llovió muy fuerte. Por eso muchos llevábamos paraguas, y las calles y las plazas se llenaron de ellos, para salir a pesar de la lluvia, y protegernos de ella. Estuvimos varias horas tapando las calles. Algunos perdieron el miedo a la lluvia y cerraron sus paraguas, y se oyeron voces que pedían que todos los cerráramos, que no habíamos de preocuparnos por la lluvia, que lo más importante era que estábamos todos juntos allí. Y los fuimos cerrando, y la lluvia ya no nos importaba. Salir a la calle, gritar, cerrar los paraguas... nada de eso fue inútil, ni mucho menos. Desde aquella noche, las cosas empezaron a cambiar. Las personas perdimos definitivamente el miedo, los indecisos asumieron que las cosas no podían seguir así, y los auténticos cobardes empezaron a temer lo peor. Los hombres grises fueron cayendo, y las maldades que desde aquel día intentaron eran tan inútiles como desesperadas. Sus vecinos señalaban sus casas, sin temor a las represalias. Sus grises amigos ya no servían. Algunos de ellos, confundidos y arrepentidos, nos ayudaron a encontrarlos. Y en poco tiempo, conseguimos echarlos de nuestras vidas, y el miedo desapareció por siempre, hasta estos días de paz en que vivimos. No se quién estaba con nosotros aquella noche, pero sé que nadie estaba solo. Y juntos, conseguimos por fin la paz, conseguimos ser libres, conseguimos hacer real el derecho a salir sin miedo a la calle. Es por eso que cada año, al llegar este día, a las siete en punto de la tarde, salimos a la calle a celebrar la Noche de Los Paraguas.
Cuento cedido por Santi.
Please contact me if you want to use one of my images/ Copyright Maribel Balius
| Santy | 24-Oct-2005 16:45 | |